Así como la biodiversidad es imprescindible para el equilibrio de los ecosistemas del planeta, la emodiversidad lo es para la salud física y mental de las personas.

La emodiversidad es la capacidad de sentir y nombrar un amplio abanico de emociones, diversas entre sí, tanto las que nos aportan bienestar (o positivas), como las que nos restan (negativas). Se empezó a hablar de ella en 2014 a partir de un estudio* masivo en el que se entrevistaron a más de 37.000 personas, y que se publicó en la revista Journal of Experimental Psychology. Por un lado, se demostraba que cuanto más emociones se combinaban con la tristeza, tanto si se trataban de positivas como la alegría, la esperanza, el agradecimiento…, como de negativas como la ansiedad, el miedo, el sentimiento de culpa… entre otros, el riesgo de desarrollar una depresión disminuía. Y por otro, que las personas con una rica emodiversidad en su día a día eran más saludables y utilizaban hasta en un 25% menos, los servicios médicos. Los resultados eran los mismos independientemente de si eran positivas o negativas y de su proporción.

Así pues, el secreto está en la diversidad y no en la capacidad de generar emociones positivas, y mantenernos enchufados todo el día a ellas. Tanto si nos sentimos bien como si no, cada emoción tiene su función y, por lo tanto, todas son necesarias. Eso sí, es necesario conocerlas y aprender a regularlas adecuadamente.

La amplitud de la emodiversidad tiene mucho que ver con la riqueza del vocabulario emocional que utilizamos. Cuantas más emociones seamos capaces de nombrar, mejor. Esto nos permitirá identificarlas y diferenciarlas entre sí, y compartirlas con las demás personas.

En el Programa Empâtik lo tenemos muy presente, en las actividades y en la creación de materiales como las Cartas de entrenamiento, enfocadas principalmente a reforzar y ampliar el vocabulario emocional y profundizar en el conocimiento de las emociones y sentimientos.

Otro aspecto clave para un saludable despliegue de la emodiversidad, es la validación de todas y cada una de las emociones que experimentamos, teniendo claro que no se trata de evitar ni hacer desaparecer algunas de ellas, ni potenciar y evocar otras, sino de acogerlas todas y regularlas para que puedan desarrollar su función.

Te propongo una pequeña dinámica para observar y reforzar tu emodiversidad:

  • Escoge un momento o contexto concreto de tu día a día o que recuerdes especialmente. No tiene por qué ser un «buen momento», también puede tratarse del momento presente.
  • Dedica unos minutos para conectar emocionalmente y toma conciencia de todas las emociones que experimentas o experimentaste.
  • Haz un listado. Si quieres, puedes repartirlas en tres columnas: emociones positivas, negativas y ambiguas (que ni aportan ni restan bienestar). Recuerda que la emodiversidad no depende del equilibrio entre las distintas columnas sino de que haya diversidad aunque todas, o la gran mayoría, recaigan en una sola categoría.
  • Con el objetivo de validarlas, procura identificar qué las provocó y qué función tienen o tenían (por ejemplo, la ira tiene la función de detener una situación que nos incomoda o que nos hiere, la tristeza, de darnos un espacio de introspección para adaptarnos a la pérdida, la alegría de celebrar un evento positivo para nosotros…).
  • Y, finalmente, cómo son o fueron expresadas y reguladas, y si nos hubiera convenido hacerlo de una forma distinta para mejorar la respuesta.

Puedes repetir la dinámica siempre que quieras, incluso sin necesidad de hacerla por escrito… y si quieres compartir conmigo qué ha supuesto para ti la experiencia, no dudes en escribirme.

Actividad del Programa Empâtik: la pila de la emodiversidad

Activitad del Programa Empâtik: la pila de la emodiversidad

 

 

 

 

 

 

 

 

 

* Quoidbach, J., Gruber, J., Mikolajczak, M., Kogan, A., Kotsou, I., & Norton, M. I. (2014). Emodiversity and the emotional ecosystem. Journal of Experimental Psychology: General, 143(6), 2057–2066. http://doi.org/10.1037/a0038025